lunes, 27 de abril de 2015

En el corazón de un campo de refugiados sirio


Shefa Obaid es una joven facilitadora jordana de 23 años diplomada en psicología por la universidad de Toronto. Ella se ha reunido con Terre des hommes – Lausanne (Tdh – Ayuda a la infancia) en Jordania y después se ha comprometido con el campo emirato-jordano en Azraq. Shefa nos cuenta su experiencia sobre su difícil trabajo diario con los refugiados sirios.
El choque del principio
Un día después de la entrega de diplomas en la Universidad de Toronto, me encontré en un vuelo con destino a Jordania, que yo había abandonado a los 14 años. Al llegar al campo de refugiados emirato-jordano (EJC) en Azraq, me sorprendió las ordenadas filas de caravanas blancas dispuestas sobre la arena caliente del desierto y rodeadas de alambre de espino y de un importante dispositivo de seguridad. Las 4.000 personas sirias que viven allí han huido de los combates de su país, esperando encontrar más seguridad en Jordania. La mayoría de ellos llevan más tiempo del que habrían imaginado al partir y con pocas esperanzas de regresar a su hogar en Siria o de construir un futuro seguro en Jordania.  
Apoyo mediante la palabra
Mi trabajo como facilitadora del Grupo de apoyo consiste en concebir y poner en marcha un programa de apoyo para los niños y niñas y sus familias a fin de que puedan expresar y encontrar un momento de respiro frente a la angustia y la violencia de la guerra y de su día a día. Las condiciones son difíciles en el campo: caravanas super-pobladas, clima y condiciones terribles, sentimiento de pérdida de su tiempo y su aburrida rutina sin objetivos precisos. Los grupos de apoyo llamados “círculos de conexión” constituyen un medio de expresión para las personas jóvenes y adultas. Mi objetivo es ayudar a los individuos a encontrar su fuerza y su motivación personal para que tengan esperanza en un futuro mejor. Muchos de los niños y niñas con los cuales trabajo en el EJC aspiran a llegar a ser doctores, ingenieros o artesanos cualificados y tener su propia pequeña familia.
Los miedos omnipresentes
Cuando dejo el trabajo al acabar el día, conduzco a lo largo de la cerca que bordea el perímetro del campo y me entristece pensar que los niños y niñas no pueden salir conmigo y que algunos no volverán jamás a la Siria que recuerdan. Me preocupa el hecho de que algunas jóvenes sean obligadas a casarse pronto y se les niegue así la oportunidad de convertirse en mujeres libres. Me preocupo también por los muchachos que podrían caer en la droga a causa de la depresión o del estres. Personalmente me preocupa  no tener un efecto duradero sobre la vida de estos niños y niñas y no ser capaz de darles suficientes herramientas para que afronten el futuro. 
Mantener la esperanza
Sin embargo, al día siguiente me doy cuenta de la importancia de nuestra presencia en el campo cuando las familias de los niños y niñas con las cuales trabajo me dicen que aporto una diferencia en su vida. Me afirman que las relaciones entre ellos se han desarrollado y profundizado y que las sesiones les aportan el consuelo que no encuentran por otro lado. Esta especie de feedback me motiva para continuar estando presente para estas familias. También aprendemos de ellos. La resiliencia y la tenacidad de los menores refugiados sirios me ha dado una inyección de energía para superar los problemas que yo pueda encontrar y que ahora parecen minúsculos en comparación. Es difícil ver y comprender lo que los niños y niñas han vivido e imaginar lo que les espera. Pero lo que me empuja a continuar es el sentimiento de que puedo influir en sus vidas y darles esperanza, esto no es más que un poco, para hacer una diferencia real.