jueves, 13 de noviembre de 2014

Los menores, víctimas de la fiebre del oro

En Burkina Faso, la fiebre del oro no ha perdonado a los menores. Hay entre medio millón y 700.000 trabajando en el sector minero que arriesgan continuamente su vida para encontrar oro, principal producto de exportación del país. Lejos de las miradas, los menores que trabajan en las regiones mineras están expuestos a una pléyade de peligros de orden social, psicológico y físico.
Una de las peores formas de trabajo infantil
La frecuencia de los accidentes y de las enfermedades en las minas es muy elevado. Según la Oficina Internacional del Trabajo, las minas y las canteras constituyen uno de los sectores más peligroso para los menores que trabajan en ellas. Su vida está en constante peligro  debido a la insuficiencia de las medidas de seguridad y de un equipo a menudo inadecuado. Los menores llegan a trabajar hasta 12 horas diarias con una única interrupción a lo largo de la jornada. El calor, las tasas elevadas de humedad, las posturas inadecuadas en el trabajo y la extremada penosidad del mismo son otros tantos elementos con un impacto negativo sobre la salud, el desarrollo y la vida de estos últimos.
Debido a sus pequeñas dimensiones, los menores enviados al fondo de los agujeros son las primeras víctimas “una cuarta parte de ellos conocen los accidentes”, deplora David Kerespars, jefe de la delegación de Terre des hommes-Lausanne (Tdh – Ayuda a la infancia) en Burkina Faso, activo en una docena de zonas de oro incluida Nobsin.
Además de los accidentes mortales, los riesgos de enfermedades respiratorias, de inhalación de polvo, de intoxicación por gas, los menores están también expuestos a explotación sexual, el consumo de alcohol o de drogas así como los delitos de cualquier clase.
El sueño del «agujero»
En Nobsin, un lugar clandestino a una hora de camino de Ouagadougou, cientos de muchachos, menores o jóvenes adultos, trabajan alrededor de una multitud de pequeños agujeros rectangulares reunidos en algunos cientos de metros cuadrados.
Algunos descienden entre 20 y 30 metros de profundidad para romper la roca. Sus voces amortiguadas y el ruido de los golpes sordos remontan difícilmente a la superficie.  Sus equipos se turnan para izar la roca recogida en bidones abiertos. Otros rompen las piedras subidas esperando encontrar allí el oro. La respiración es penosa en este paisaje árido y ventoso.
 «Abajo, está muy húmedo», cuenta Joël Sawadogo, de13 años, minero desde hace ya dos años. «Yo pienso sobre todo en los que podría ganar», prosigue. Muy lejos de su sueños, el salario es muy bajo: «a veces 5.000» (francos CFA, o sea 9.25 francos suizos CHF) al día, «a veces 10.000» (18.50 CHF). A menudo nada.
Todos estos menores sueñan con un agujero que rebosará de metal precioso y que hará de ellos hombres ricos. Qué importan los riesgos. Pero las minas clandestinas matan. A primeros de diciembre de 2013 un derrumbe produjo 28 víctimas, 14 murieron, al oeste de Burkina Faso. Fuentes: AFP, BIT