miércoles, 25 de septiembre de 2013

Una hermosa lección de coraje que nos da fuerza


En el aeropuerto de Ginebra, las puertas de la enfermería se abren y aparecen Ali, 12 años, en silla de ruedas; Tarek, un buen mozo de 17 años; y el pequeño Hussein, de 2 años, que se arroja a mis brazos sin esperar. Padecen tetralogía de Fallot, antes llamada la “enfermedad de los niños azules”, estos tres jovencitos vienen de Irak para operarse del corazón.
Agotados por el viaje pero tan valientes
Ellos han dejado a sus familias 12 horas antes. Tarek, Ali y el pequeño Hussein están ahora solos, frente al equipo de acompañantes de Tierra de hombres (Tdh – Ayuda a la infancia) que, a pesar de la barrera lingüística, explican como ha ido el viaje. Debemos llevar al más pequeño al Hospital Infantil de Lausana, luego a Ali y a Tarek a un hospital de la zona de Aigle, para que los médicos les hagan un reconocimiento sanitario inicial y se aseguren de que no sean portadores de enfermedades contagiosas antes de transferirlos a Massongex, casa de acogida de Tdh para que los niños reciben asistencia especializada en Suiza.
Los tres iraquíes  parecen cansados. Ali se coloca en posición “spell”, es decir agazapado y con las rodillas levantadas, para facilitar la circulación sanguínea por su cuerpo. El está de color gris y su estado de salud nos preocupa. Decido no quitarle el ojo de encima mientras vigilo a Hussein. En cuanto a Tarek, disimula y se muestra fuerte. Alexandre Favini, colaborador social del programa de Atenciones Médicas Especializadas de Tierra de hombres, les anima a rehidratarse antes de emprender el viaje: “chouïa moya” repite, que quiere decir “un poco de agua” en árabe.
Abrazo fuerte a Hussein, al que noto demacrado y con miedo. Lleva en su mano un trozo de magdalena toda desmigada que no me atrevo a quitarle. Le hablo para tranquilizarle, le enseño otros niños en el aeropuerto y esto parece distraerle. La vista de una flamante moto nueva le ilumina la cara. Esboza una sonrisa y por primera vez dice algo. Yo misma soy mamá, y estoy preocupada  por tener que ponerlo en nuevas manos en el hospital y al mismo tiempo pienso en su propia madre que ha encontrado la fuerza necesaria para dejarlo marchar, lejos de ella, a una tierra desconocida.
Una cadena de solidaridad internacional
Desde la identificación del menor que tiene necesidad de asistencia especializada en el hospital, pasando por la transferencia y la convalecencia, hay una multitud de enlaces solidarios que permiten salvar la vida a estos niños y niñas, seres condenados a una muerte cierta en sus países.
Colaboradores nacionales y el personal de Tdh sobre el terreno, son ellos en primer lugar los que dirigen a los niños y niñas enfermos a la sede, en Lausana (Suiza) o a España y Francia, donde también funciona este programa de salud. Una vez efectuado el diagnóstico médico, la maquinaria se pone en marcha. Es preciso organizar la salida del menor de su país de origen, el viaje con nuestros colaboradores Aviación Sin Fronteras, planificar la hospitalización y organizar el período de convalecencia en Massongex o en una familia de acogida si el niño o niña es menor de dos años.
Esta gran cadena de solidaridad se realiza brillantemente, en parte gracias a todo el equipo del programa Atenciones Médicas Especializadas de Tdh, ante quienes me quito el sombrero. Pero además, me quedo con la boca abierta ante el valor de estos niños y niñas que ponen a pesar suyo su destino en nuestras manos. Nos dan una hermosa lección de coraje.
Todo el mundo puede contribuir
Vosotros también podéis formar parte de la gran cadena de solidaridad. ¿Tenéis unas horas disponibles a la semana o al mes? Entonces uniros a nuestros equipos de voluntarios en Suiza, España o Francia.
Mira la información de la página del voluntariado.