viernes, 30 de diciembre de 2011

Kosovo - Volver a la infancia


Durante un reportaje en Kosovo llevado el paso verano, Jessica Schweizer, responsable de comunicación de Tierra de hombres (Tdh – Ayuda a la infancia), ha podido seguir las actividades de un campamento de verano durante varios días.
Testimonios desde el interior de un proyecto de protección a la infancia.
Primer día de reportaje para Jean-Luc, fotógrafo y para mí. Nos  citaron a primera hora en medio del principal parque de Pristina, la mayor ciudad de Kosovo. Fuimos invitados a participar en un campamento de verano de una semana organizado por Tdh, en colaboración con los líderes comunitarios, las autoridades locales y organizaciones voluntarias. Todos los años se han organizado así cinco campamentos en las ciudades de Kosovo e implican a cientos de niños, niñas, personal y voluntarios.
Cuando me enteré la primera vez de estas actividades, me pareció una manera muy simpática de divertir a los niños y niñas. Pero en el transcurso de la jornada, he comprendido que era algo más que eso.
Una logística a toda prueba
Se alquilan autobuses para ir a buscar a los niños y niñas y se amontona una cantidad de material impresionante en un espacio reservado del parque. Montones de balones y otros artículos repartidos en muy poco tiempo entre los diferentes responsables de las acciones. Sin tiempo de descansar, llegan los niños y niñas.
No se imagina hasta qué punto puede ser difícil organizar estas actividades”, nos explica Sofia Hedjam, jefa del proyecto de Tierra de hombres. “Por ejemplo, estaban inscritos 140 niños y niñas, pero finalmente han venido hoy 185. Al día siguiente, otros 90 niños y niñas más deseaban participar y ha sido preciso alquilar un autobús más. “Los campamentos están abiertos para los menores con edades comprendidas entre los cinco y los quince años. Nuestros  primeros beneficiados son los que están encuadrados en nuestros proyectos y sobre todos los taskforces (comités que reagrupan a los diferentes actores a cargo de los menores  más vulnerables y que tratan los casos encontrados, aportando soluciones individuales). Pero no queremos estigmatizarles. Al contrario, deben ser tratados como los demás e integrarse en sus comunidades. Por eso, no tenemos reglas de admisión demasiado severas”.
Algunos niños son visiblemente más jóvenes, otros definitivamente más adultos. “Es un verdadero rompecabezas”, suspira Sofia. “Los menores demasiado jóvenes necesitan una atención particular y no pueden tomar parte en las actividades previstas. Los más mayores a veces son casi de la misma edad que nuestros voluntarios. Debemos implicarles en la organización y en la logística del campamento. Normalmente se les explica las reglas a los líderes comunitarios y se les hace respetarlas. Pero los niños y niñas están tan impacientes de tomar parte en el campamento que a veces esperan la llegada del autobús desde el amanecer. Los voluntarios no tienen corazón para impedirles participar”.
¿Cómo explicar esta increíble popularidad?
Algunos de estos menores vienen al campamento de verano desde hace tiempo”, explica Naïm Bilalli, coordinador de los taskforces de Tierra de hombres. “Es un gran evento para ellos. En verano, las escuelas están cerradas y no hay gran cosa que hacer. Algunos trabajan y no conocen un momento de respiro. No tienen ningún espacio para jugar o divertirse”. Incluso los niños y niñas que no son beneficiarios directos de los proyectos viven a menudo en entornos de gran pobreza y falta de atención.
Por otra parte, la jornada comienza con la distribución de un desayuno. “Los primeros años, no nos habíamos dado cuenta de que muchos niños y niñas  sufrían vértigos y dificultades de concentración”, remarca Sofia. “De hecho, descubrimos que venían con la tripa vacía. Distribuimos desayunos para todos para asegurarnos que hacen al menos una comida completa”. Mirando a nuestro alrededor, nos damos cuenta que algunos cortan sus sandwiches en dos. “Llevan el resto a su familia”.
Los niños y niñas no vienen solo por la comida
Ellos están divididos en grupos, y toman parte en 16 actividades diferentes, desde juegos de pelota, dibujos, hasta música.
“Estas actividades tienen varios objetivos”, nos revela Buki Brexhnica, coordinadora comunitaria de Tdh. “Primeramente, los niños y niñas aprenden a concentrarse, a escuchar las reglas y a seguirlas. La mayoría de ellos no están escolarizados y encuentran dificultades para integrarse en los grupos. Después, les ayudamos a desarrollar sus propias competencias como por ejemplo la confianza. Niños y niñas descubren sus cualidades y pueden ponerlas en marcha. Esto tiene un fuerte impacto en su autoestima. El último día del campamento, organizamos un espectáculo: cantan y baila ante sus compañeros. Esto es siempre un momento muy especial”.
Para Tdh y sus colaboradores, estos campamentos son también un momento privilegiado para intentar identificar a niños y niñas vulnerables, entrar en contacto con ellos y poner en marcha una relación que permita una intervención más duradera en el futuro. “Los líderes comunitarios y los voluntarios juegan un papel vital. Conocen a todos los niños y niñas que vienen y pueden ayudar a identificar a los que necesitarán ayuda”, nos precisa Buki.
Aquí los niños y niñas pueden jugar y divertirse
Algunos de ellos trabajan en la calle, venden cigarrillos, mendigan, limpian parabrisas en los cruces. A veces son los únicos miembros de la familia que llevan dinero a casa. Sus padres y sus hermanos y hermanas dependen de ellos para su comida diaria.
Y sin embargo, estos menores, a veces muy jóvenes, juzgan su situación como normal. “Es mi deber”, nos afirma Faton, 13 años. “Soy feliz al trabajar y ganarme la vida”. Su hermana menor, Shefkije, 11 años, asiente con la cabeza. Desde que su madre abandonó el domicilio conyugal, es ella la que se ocupa de las tareas domésticas, fregar, hacer la comida y poner los pañales a sus hermanos pequeños, niño y niña. Su padre sufre un problema psiquiátrico y Faton es el único que puede llevar comida para la familia. Trabaja en el mercado y transporta las mercancías de un puesto a otro, ayudado de una vieja carretilla. “No puedo fiarme de mi padre pues se jugaría mi paga, con lo cual solo le doy un poco de dinero y traigo yo mismo la comida todos los días”. Un mundo al revés que descansa sobre las espaldas débiles de estos jóvenes.
Y sin embargo, Afton y Shefkije están aquí delante de nosotros, riendo a carcajadas, jugando y haciendo mil y una jugadas con los compañeros de su edad.