miércoles, 5 de octubre de 2011

Afganistán - Delito de fuga

“Mi padre ha muerto y mi tío quería casarme a la fuerza con un hombre al que yo no quería: de pronto, huí de mi casa y contacté con otro muchacho. El me ha llevado a Jalalabad donde hemos pasado la noche en un hotel. Queríamos ir a Kaboul, pero cerca de la estación de autobuses, la policía nos ha arrestado. Me han mandado a casa del procurador de menores. Ahora estoy en la cárcel afgana para menores (Centro Juvenil de Rehabilitación, ella tiene 16 años), y mi amigo está en prisión”.
En Afganistán, el matrimonio de los niños es un fenómeno corriente. Aunque la edad legal para casarse sea 18 años para los chicos y 16 para las chicas, algunas familias casan a sus hijos –sobre todo a las chicas- muy pronto. Según una vieja costumbre –el Badh- las jóvenes son a veces incluso entregadas a otras familias, en compensación de deudas o crímenes cometidos por miembros masculinos de su familia.
En general, las chicas víctimas de matrimonio forzado o del Badh aceptan su suerte y pasan toda la vida con un hombre al que ellas no aman, soportando si es necesario violencias sexuales, golpes y brutalidad con resignación. Sin embargo, algunas rehúsan este destino marcado y huyen de sus casas para escapar de allí. Lo que les espera después de esto no es mucho mejor: tradicionalmente, la fuga es considerada como una infracción. El hecho de que esta infracción no forme parte del código penal afgano no impide que las niñas fugadas sean castigadas por sus comunidades y a veces incluso por las autoridades.
Las niñas y las mujeres están discriminadas a todos los niveles de la sociedad. Fuera de la protección de un marido o de un pariente del sexo masculino, su libertad es limitada. A nivel judicial, ellas son raramente consideradas como personas independientes. Así, abandonando su casa, renuncian voluntariamente a su marido para saltar a lo desconocido. Sus padres las repudian, pues ellas cometen un acto que conlleva una vergüenza inaceptable para toda la familia. En consecuencia, el único lugar al que pueden recurrir es a menudo a casa de un pequeño amigo. Esto conduce generalmente a acusaciones de fornicación o de adulterio y les ingresan en prisión. Si estos pecados son perdonables para los hombres, las chicas llevan su marca para siempre, sean las acusaciones válidas o no.
La cultura afgana, centrada en la familia y en la cual la noción del honor es muy fuerte, es la fuente del problema; huir de casa es un tabú social en Afganistán, en cuanto a las chicas se refiere. Generalmente, las chicas se avergüenzan de lo que han hecho: los padres avergonzados prefieren ver morir a sus hijas mejor que ir a prisión o ser sospechosas de fornicación. Una vez concluye su pena, algunas chicas deben quedarse en el centro de detención pues ningún pariente quiere tomarlas a su cargo. Pueden también tener que quedarse en prisión para protegerlas de su familia. Algunos refugios (alrededor de 14 en todo el país) están actualmente dirigidos por ONG a fin de acoger a las jóvenes huidas y mantenerlas alejadas de la justicia tradicional o arbitraria. Sin embargo, el gobierno no hace nada para regular el problema en su raíz y proteger a las niñas de un matrimonio precoz y forzado.